En Cádiz, junto al mar, en pleno verano, bautizaron a una niña. En la iglesia de la Virgen de la Palma. La bebé no sabía dónde estaba. Tampoco sabía que había nacido con una deuda.
Le dijeron pecado original. Original era el pecado, pero no era suyo. Había sucedido antes que ella, mucho antes, cuando ella todavía no tenía nombre ni cuerpo ni memoria. Pecar, dicen, es elegir el mal. Pero aquella niña todavía no sabía elegir. No sabía hablar. No sabía caminar. No sabía distinguir el bien del mal. Apenas sabía buscar el pecho, cerrar los dedos alrededor de un dedo ajeno y llorar cuando el mundo se hacía demasiado grande. Y, sin embargo, había nacido culpable. La culpa siempre ha tenido buenos abogados.
El sacerdote dijo: -Dios todopoderoso te ha liberado del pecado. Y todos respondieron: -Amén. La niña no respondió. Quizá porque no entendía las palabras. Quizá porque no sabía que estaba presa. Quizá porque nadie puede sentirse liberada de una cárcel en la que nunca estuvo.
Después vino el exorcismo. Palabras contra el Maligno. Una oración para proteger a la pequeña de las fuerzas del mal. Como si ella fuera el escenario de una batalla antigua entre Dios y Satanás. La niña bostezó. Satanás, aquella mañana, debía de tener asuntos más urgentes.
Antes del agua, dijeron, era criatura de Dios. Después del agua sería hija de Dios. Extraño ascenso. Por unas gotas de agua pasó de criatura a hija. Como si hubiera categorías en el amor.
La palabra criatura ha servido muchas veces para mirar desde arriba. Criaturas fueron los niños. Criaturas fueron los indígenas que no conocían al dios de los conquistadores. Criaturas fueron los negros cuando alguien necesitó convencerse de que podían venderse. Criaturas son todavía los inmigrantes pobres que llegan de lejos y llaman a una puerta que no siempre se abre. Primero se cambia el nombre de las personas. Después resulta más fácil cambiar sus derechos.
Llegó el agua. Agua bendecida. El sacerdote recordó que allí había unas gotas del Jordán, donde un día bautizaron a Jesús. Pero el agua no conoce la geografía sagrada. El agua del Jordán no sabe que es del Jordán. El agua de Cádiz no sabe que es de Cádiz. El agua cae. Corre. Se evapora. Vuelve. Ha estado en los ríos, en los océanos, en las nubes, en las lágrimas y en la sangre. Nadie le ha explicado cuáles de sus gotas son santas. Quizá porque todas lo son. Quizá porque ninguna necesita permiso para serlo. El viento tampoco ha sido bendecido. Ni la luz. Y cada mañana vuelven.
El sacerdote mojó tres veces la cabeza de la niña. Todos miraron. Y entonces, según dijeron, algo cambió. Dios la recibió. La Iglesia la recibió. El pecado desapareció. Pero la niña seguía siendo exactamente la misma niña. Las mismas manos. Los mismos ojos. La misma respiración. La misma inocencia de cinco minutos antes.
Después llegó la unción con aceite. El crisma de la salvación. Las palabras prometieron una nueva vida. Sería miembro de Cristo, sacerdote, profeta y rey. Palabras inmensas para alguien que todavía no sabía sostener la cabeza. Palabras imposibles si además eres mujer. Los adultos son expertos en decidir futuros mientras los niños duermen.
Al terminar, llevaron a la niña ante la Virgen para pedir protección. Protección. Qué palabra extraña aplicada a quien acaba de llegar al mundo. ¿Protección contra qué? ¿Contra el demonio? ¿Contra Dios? ¿Contra los hombres? Tal vez, si la Virgen pudiera escuchar aquella ceremonia, habría entendido mejor que nadie la pregunta. Ella también había tenido alguna vez un niño entre los brazos. Y sabía que aquella niña no necesitaba ser perdonada por haber nacido. Y que en el futuro tendría que protegerse no de peligros invisibles, sino de los peligros reales de su sociedad.

La bebé durmió durante buena parte de la ceremonia. No conoció el pecado. No conoció el exorcismo. No conoció el Jordán. No conoció el crisma. No supo que había sido criatura y luego hija. No supo que acababan de salvarla. Que “había nacido de nuevo” en el sacramento. Los adultos hablaron por ella. Renunciaron por ella. Creyeron por ella. Respondieron amén por ella. Y ella, mientras tanto, hacía lo único que sabía hacer perfectamente: existir. Quizá aquel fue su único sacramento. Haber llegado. Sin culpa. Sin doctrina. Sin miedo. Con los ojos todavía nuevos. Y con toda la vida por delante para decidir, algún día, en qué creer.

Un excelente y muy reflexivo artículo