Una nueva peste recorre el mundo. La plaga de los fantasmones. Saben y gritan más que nadie.
El number one es Donald Trump. Sin reparo alguno ni vergüenza, soltó su fantasmada en el New York Times: “No necesito el derecho internacional. Mi poder solo está limitado por mi propia moralidad. Mi propia mente es lo único que puede detenerme”. Y así, una fantasmada tras otra desde que asumió la presidencia de EEUU: “He terminado siete guerras en siete meses”, alardeó ante la ONU, incluyendo conflictos que ni siquiera se consideran guerras. Antes había repetido que en una semana acabaría con la guerra de Ucrania, con el conflicto de Israel en Gaza, y con la guerra de Irán. Por todo ello se creía merecedor del premio Nobel de la Paz. Hoy sus amenazas diarias son contrarrestadas por sus también diarias rectificaciones forzadas.
Desde el principio de sus décadas de dictadura, Bashar al Asad prometió: “Haré de Siria un país libre de todo terrorismo”. Y su régimen se convirtió en el más terrorista del mundo: asesinó a más de 200.000 civiles e impuso una represión brutal y una tortura insoportable. Buena parte de la población siria vio su futuro acabado, sin posibilidad de justicia. Pero el 11 de agosto/2026, el Tribunal Penal número 4 de Damasco condenó a muerte en ausencia a Bashar al Asad, exiliado en Moscú, y a otros ocho cargos de su régimen, acusados por delitos graves de asesinatos, tortura, detención arbitraria y crímenes de lesa humanidad.
Armado con una gran motosierra y asesorado por sus perros, “el loco” Javier Milei proclamó que “Argentina volvería a ser la primera potencia mundial”. Y comenzó los recortes a destajo: fuera subsidios al transporte, devaluación de la moneda, reducción de ministerios, recortes de derechos laborales, eliminación de 5.000 contratos de trabajadores estatales, privatización de empresas públicas…Los precios se dispararon, los salarios bajaron, crecieron los despidos y la pobreza alcanzó al 78% de los hogares, según confirman varios medios. No pasa así al 1% más rico que ya controla una cuarta parte de toda la riqueza generada en Argentina y el 6% concentra el 34% de todo el patrimonio. Ahora aumenta el descontento social y crecen las protestas, y también lo hace la represión policial. Milei sigue gritando: “viva la libertad, carajo”. ¿Libertad para quién? ¿Del que puede elegir, o del que no puede llegar a fin de mes?
Abelardo de la Espriella, nuevo presidente de Colombia. Comenzó avisando:“Este tigre muerde duro y puede morder más fuerte”. Pero al tercer día de su mandato, un terremoto dejó mellado al tigre. Había interrumpido el traspaso de poderes del gobierno anterior y, ante la emergencia, no sabía cómo actuar. En su programa de eliminación de gastos supuestamente “superfluos” acabaría con la Unidad Nacional para la Gestión de Riesgos y Desastres (UNGRD), que, a la postre, ha sido el organismo, con mandos del anterior gobierno, que ha aplicado los protocolos de urgencia tras el terremoto. No obstante, el tigre se negó a recibir equipos de rescate extranjeros cuando aún se escuchaban gritos entre los escombros. Sólo aceptaría ayudas en forma de insumos y dinero, procedentes de países afines ideológicamente. Sin embargo, encontró tiempo en dos días para incluir a Colombia en el Escudo de las Américas dirigido por EEUU y solicitar la colaboración de EEUU para “acabar con los terroristas y las redes terroristas”.
A finales del primer año de gobierno de Jair Bolsonaro llegó el COVID-19. Su discurso resonó en todo Brasil y en medio mundo: «Brasil no puede parar. El brasileño no se contagia. Se le puede ver saltar en una alcantarilla, bucear… Y nunca le pasa nada. Yo creo que hay mucha gente que ya se ha contagiado en Brasil y ya tienen los anticuerpos que ayudan a que no siga proliferando. Por mi histórico de atleta, en caso de que fuera contaminado por el virus, no tendría que preocuparme, no sentiría nada, como mucho una gripecita o un resfriadito». Los muertos y contagiados se multiplicaron. Brasil superó la cifra de 700.000 fallecidos por el COVID en tres años. El Tribunal Supremo advirtió a Bolsonaro “que no dispone de poder para ejercer una política pública de carácter genocida”. Y en septiembre del 2025, el Supremo Tribunal Federal de Brasil condenó a Jair Bolsonaro a 27 años y 3 meses de prisión por intento de golpe de Estado, organización criminal y delitos contra el Estado democrático de derecho.

Ante semejante plaga de fantasmones, en los pueblos brota un sinfín de inquietudes e interrogantes: ¿Qué habremos hecho para merecer estos gobernantes tan patológicos, desequilibrados, incompetentes y destructivos? ¿Tal vez nos hemos vuelto más tontos y estamos ingeniando un mundo insoportable y espantoso? Precisamente ahora que tenemos condiciones más favorables para vivir mejor un mayor número de personas, vamos y entregamos el control a los más tontos, y ahora no sabemos cómo vamos a librarnos de ellos.

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