
Todo país con recursos naturales valiosos para el capitalismo y sus corporaciones multinacionales tiene que elegir obligatoriamente: entre susto o muerte, entre ser explotado y entregar sus recursos “por las buenas” o ser invadido y asesinada su población. Salvo que se trate de países aliados.
Así ocurrió cuando en 1938 la empresa norteamericana Standard Oil descubrió un mar de petróleo bajo los arenales de Arabia Saudita. Allí no hizo falta llevar la democracia en portaaviones, ni importaron demasiado los derechos humanos ni la falta de libertades ni las ejecuciones. Arabia Saudita construyó una estrecha alianza con las potencias occidentales, especialmente con EEUU. Petróleo hacia un lado. Armas, inversiones y protección hacia el otro.
En Irak, por el contrario, Saddam Hussein se convirtió en diablo en el instante en que se negó a entregar el control del petróleo iraquí. Se inventaron toda clase de mentiras sobre Saddam: ‘tenía armas de destrucción masiva, alimentaba a fanáticos de Al Qaeda y otras muchas diabluras’. Y la maldición cayó sobre Irak, que fue invadido y asesinadas en torno a un millón de personas civiles. Y, tras las bombas, llegaron las compañías petroleras internacionales.
En Venezuela el maligno no fue Hugo Chávez, ni después Nicolás Maduro, que, al parecer eran terribles dictadores que tenían sometida a la población. En realidad, el gran pecado de ambos fue negarse a entregar sus grandes reservas de petróleo al vecino norteamericano. Tras secuestrar y encarcelar al presidente Maduro, Donal Trump aclaró la situación por si había dudas: EEUU gobernará Venezuela hasta una transición. Grandes empresas estadounidenses entrarán en ese país para reparar la infraestructura petrolera y empezar a generar ganancias. La fumata blanca fue inmediata. El 28 de agosto, se acordó con Delcy Rodríguez que EEUU controlaría más de 65.000 millones de barriles de crudo venezolano “sin costo alguno para el contribuyente estadounidense”. Ya no fueron necesarios más discursos sobre democracia en Venezuela.
En la jungla amazónica ecuatoriana, en el 1967 brotó un gran chorro de petróleo del Lago Agrio. La empresa Texaco se hartó de engullir petróleo y gas durante un cuarto de siglo, y cagó sobre la selva ecuatoriana 77.000 millones de litros de veneno. Los indígenas no conocían la palabra contaminación. La aprendieron cuando los peces morían panza arriba en los ríos, las lagunas se volvían saladas, se secaban los árboles de las orillas, los animales huían, la tierra ya no daba frutos y la gente nacía enferma. Algo parecido sucedió en los ríos Napo y Coca en el noroeste de la selva tropical ecuatoriana. Varios presidentes de Ecuador, todos ellos a salvo de cualquier sospecha, colaboraron en la tarea.
Los africanos llaman al petróleo la mierda del Diablo. Sus ricos recursos naturales se convirtieron en condena. En 1978 Chevron descubrió petróleo en el sur de Sudán. Siete años después, se sabe que las reservas llegan a más del doble, y la mayor cantidad yace en la región de Darfur. No cesan las matanzas. Dos millones de campesinos negros han huido o han sido asesinados. Esta guerra se disfraza de conflicto étnico y religioso. En las aldeas y cultivos arrasados crecen ahora torres petroleras perforadoras.
No menos de tres millones de civiles murieron en el Congo a lo largo de la guerra de cuatro años. Murieron por el coltán, pero ni ellos lo sabían. Luego se descubrió que era imprescindible para la fabricación de teléfonos móviles, baterías, naves espaciales, computadoras y misiles; y entonces pasó a ser más caro que el oro. Actualmente, 10.000 niños trabajan diariamente en las minas de explotación del coltán y cobalto, mientras en otras partes del planeta cambiamos de móvil con suma facilidad porque el nuevo hace mejores fotografías. El regalo de la naturaleza se convirtió en maldición de su historia: El Congo fue rico en caucho cuando la revolución automovilística; fue rico en cobre cuando la revolución eléctrica; y es rico en coltán y cobalto en la revolución digital. Pero el país se ha convertido en esclavo de la explotación extranjera.
Desde hace mucho tiempo, para muchos países ricos bajo tierra y pobres sobre ella, la elección parece reducirse a dos posibilidades: susto o muerte.
La ventana del mochuelo

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